Guerra Campos, José - Un faro en la tempestad. Enseñanzas de un obispo contra la infiltración de la secta modernista[2025][PÁGINAS CONTRARREVOLUCIONARIAS][TANQUE.CATOLICO].pdf
PRÓLOGO
D. José Ignacio Munilla Aguirre
Si un joven actual, nativo digital e hiperconectado a las redes, descubriera que uno de los primeros «influencers» en España fue un obispo en 1972 y que, además, publicaba «reels» de quince minutos de temática religiosa durante más de un año, consiguiendo récords de audiencia en su segmento, no daría crédito a su hallazgo. Si bien es cierto que, en aquellos años, la red social por excelencia, el medio de comunicación masivo no era ni Tik Tok ni Instagram ni X, sino la televisión, el paralelismo temporal y tecnológico creo que es acertado. ¿De quién estamos hablando? ¿Qué producto audiovisual ofrecía?
En el Antiguo Testamento se estableció la solemnidad de la Asamblea o Colecta, que tenía lugar al octavo día de la fiesta de los Tabernáculos. Consistía esta celebración en recoger del pueblo lo necesario para los gastos del culto divino, escenificando así la reunión del pueblo y la paz otorgada en la tierra de promisión. La razón figurativa de esta fiesta de la Asamblea es, sin duda, la congregación de los fieles en el Reino de los cielos. Por consiguiente, el octavo día significa la Resurrección. Dios, en un exceso de amor, demostrando que nadie ama más que aquel que da su vida por los seres amados, entregó a su Hijo quien, tras su Pasión y muerte en cruz, resucitó y culminó así la obra de redención del género humano, gracias a la cual todos los hombres pueden salvarse, alcanzar la bienaventuranza eterna.
Este cristiano leitmotiv inspiró la vida de monseñor José Guerra Campos (1920-1997), obispo de Cuenca, de quien tenemos la dicha de presentar este magnífico ejemplo de su labor catequética, la edición del programa televisivo «El octavo día». A lo largo de toda su vida, especialmente a raíz del descubrimiento de su vocación sacerdotal y durante el desempeño de su intenso y prolijo ministerio presbiteral y episcopal, a D. José Guerra Campos solo le movió este afán de comunicar la salvación de Cristo a todos los hombres. No fue otro el propósito que le impulsó en su devenir cotidiano personal y también el que le incitó a preocuparse por dar a conocer que «… ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (I Cor. 2, 9).
Así pues, los fabulosos talentos que Dios le concedió supo administrarlos y hacerlos fructificar de tal manera que incluso sus detractores reconocieron públicamente la magnífica erudición y sabiduría de D. José, así como su profunda religiosidad y ascetismo, en nada contrapuesto con su exquisita afabilidad para con el prójimo. Y utilizó sus extraordinarios talentos para la mayor gloria de Dios, como reza el lema ignaciano, para evangelizar, para ejercer de verdadero apóstol con nitidez y conforme al magisterio de la Iglesia, especialmente en aquellos momentos tempestuosos que le tocó vivir: la persecución religiosa durante la II República española y la Guerra Civil, la restauración de la sociedad tras la guerra, el Concilio Vaticano II, la proliferación de la heterodoxia en el seno de la Iglesia y la instauración de un nuevo régimen político en España, de espaldas a las verdades absolutas, basado en el relativismo.
Monseñor Guerra Campos fue un testigo y protagonista de excepción de la historia reciente de la Iglesia y de España desde el desempeño de sus relevantes cargos: profesor de teología, filosofía e historia en centros eclesiásticos y de deontología en la Universidad de Santiago de Compostela, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), consiliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española, procurador en las Cortes Españolas, presidente de la Comisión Asesora de Programas Religiosos de RTVE, perito consultor de los obispos españoles en el Concilio Vaticano II, padre conciliar al ser preconizado obispo, secretario general del Episcopado Español, representante del Episcopado Español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma, obispo titular de la diócesis de Cuenca…
Tras el Concilio Vaticano II empezaron a proliferar, impulsadas por personalidades del ámbito eclesiástico y aventadas por ciertos medios de comunicación y grupos de opinión, interpretaciones que deformaban buena parte de las conclusiones conciliares y, por ende, la doctrina de la Iglesia y su magisterio. En resumen, estas interpretaciones heterodoxas reducían la misión de la Iglesia en el mundo a la mera animación por mejorar, exclusivamente, las condiciones temporales de las personas, llegando a suscribir las premisas del marxismo. Abogaban también por la minusvaloración, e incluso ridiculización, de los sacramentos, de la oración y de la devoción a María y a los santos. Ponían en tela de juicio el celibato eclesiástico, la confesionalidad, la castidad, las normas litúrgicas…
Ante esta desnaturalización de la Iglesia de Cristo, del mensaje del Evangelio, el papa Pablo VI proclamó, en la audiencia general del 12 de enero de 1966, que el Concilio Vaticano II se tiene que enmarcar en el cuadro de todo el magisterio de la Iglesia anterior. Además, el Papa, al observar que muchos católicos se dejaban llevar por las falsas interpretaciones que algunos hacían del Concilio por una especie de pasión de cambio y de novedad, cumplió el mandato de Cristo de confirmar en la fe a sus hermanos y proclamó la profesión de fe recitada el 30 de junio de 1968, en la basílica vaticana, al término del Año de la fe, que recoge la inmortal tradición de la Iglesia. Sin duda, inspiraba esta acción las palabras del apóstol Pablo: «Aunque nosotros, o un ángel del Cielo, os anunciase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado ya, sea anatema» (Gal. 1,
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D. José Guerra Campos también advirtió cómo, a través de ciertas prédicas sacerdotales, de publicaciones y de cátedras de enseñanza religiosa, se difundían ideas contrarias a la doctrina de la Iglesia como si fueran ortodoxas, sin una desautorización eficaz. Por este motivo se sintió vivamente interpelado por el Papa a defender a los fieles católicos de esas falsas doctrinas usando las poderosas armas que Dios le había encomendado: erudición teológica, filosófica, canónica y doctrinal, así como la concisión y el pragmatismo en el hablar y escribir.
Esta fue la razón de ser de la creación del programa televisivo en TVE «El octavo día». Todos los lunes, desde el 17 de abril de 1972 hasta el 25 de junio de 1973, D. José Guerra Campos se dirigía a los oyentes del primer canal de TVE, por espacio de quince minutos, exponiendo de forma sencilla, nítida y amena las verdades de la fe católica mediante sesenta y tres sesiones. Hablaba como obispo, presentando la enseñanza de la Iglesia universal, no sus opiniones como pensador o teólogo. Atinadamente, eligió las antenas de televisión, medio masivo de comunicación, para realizar el encargo de Cristo a sus apóstoles: «Lo que os digo al oído, predicadlo sobre los terrados» (Mt. 10, 27).
José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de Orihuela-Alicante


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