sábado, 26 de octubre de 2024

Chesterton y los Cursos de Cultura Católica



Chesterton y los Cursos de Cultura Católica

Juan Manuel Medrano
Después de años de agnosticismo e indiferencia, la actividad cultural de la nación estaba representada por el positivismo, el laicismo y los diversos materialismos. La política y la escuela estaban desprovistas de toda elemental impronta cristiana y la práctica del culto era considerada como cosa propia de mujeres. Los varones católicos, en realidad, se acordaban de Dios al momento de la muerte. Y no siempre el sacerdote llegaba con su auxilio sacramental para asistirlos en ese último trance. Y eso cuando sus juramentados hermanos de logia no lo impedían, como pasó con Sarmiento.
Hacia 1921, un grupo de jóvenes católicos comprendió la necesidad de estudiar con seriedad y aplicación su religión, tanto en lo referente a sus fundamentos dogmáticos y filosóficos, su historia y su liturgia. Como lo dijera Samuel W. Medrano, uno de aquellos fundadores: “En 1921, la juventud católica y pensante carecía de una institución cultural que la preparase eficazmente en el aprendizaje de las disciplinas esenciales que integran la doctrina católica. Las exigencias de la vida cotidiana desvían a los católicos de su formación esencial, incapacitándolos para el ejercicio de una actuación más positiva y creadora, como si sus actos y obras hubieran de ser determinados exclusivamente por los actos y obras adversos que requieren una inmediata oposición.” Estos propósitos fueron ratificados en la declaración incluida en el programa distribuido al iniciarse las clases de filosofía, historia de la Iglesia y Sagradas Escrituras, un 21 de agosto de 1922: “Los jóvenes sentimos la necesidad de reaccionar contra esa influencia. Sin sustraernos en absoluto a las exigencias inmediatas, queremos detenernos en la seguridad y firmeza en la exigencia perenne y elemental de aprender a discernir certeramente. De lo contrario, todo esfuerzo será inútil y, víctimas de nosotros mismos, nuestra convicción, profunda por la fe pero incierta y ondulante por la falta de la debida penetración en en sus bases racionales, carecería de eficacia íntima, difusiva, conquistadora.”
Los Cursos crecieron y se arrimó a ellos una gran cantidad de jóvenes. Muchos de ellos con sorprendentes aptitudes creadoras en todas las disciplinas: los filósofos Tomás Casares, César Pico, Héctor Llambías, Juan R. Sepich, Julio Meinvielle, los escritores y poetas Ignacio B. Anzoátegui, Leopoldo Marechal, Francisco Luis Bernárdez, los pintores Héctor Basaldúa, Ballester Peña, Juan Antonio Spotorno, para citar sólo una pequeña parte de lo que constituyeron una verdadera constelación. Escribieron libros, fundaron revistas, participaron en obras de caridad y se multiplicaron de mil maneras distintas demostrando bien a las claras que ser católico no era una posición blanda, feminoide o escapista. Sino profesar una verdadera fe, fundamentada sobre roca, que ofrecía nuevas perspectivas para la vida de uno y para la de todos.
Los Cursos de Cultura Católica, a lo largo de varias décadas, se expandieron por todo el país y su influencia en la comunidad permanece honda e imborrable. Recibieron la visita de Maritain, Gillet, Garrigou Lagrange y otros insignes europeos. Y, con ellos, la afluencia de una pléyade de libros cuyos autores contribuyeron a dar sólida formación a los cursantes. A propósito, nos cuenta uno de ellos, Alberto Espezel Berro: “Los Cursos suplían y desbordaban el vacío que nos dejaba la Universidad. Allí conocimos el resurgimiento del tomismo, el movimiento litúrgico, el latín, los apologistas y los poetas del catolicismo o de siempre.
En los tomos de su biblioteca leímos a Maritain, a Gilson, a Grabmann, a Gredt, a Garrigou Lagrange, a Marcel de Corte, a Jolivet, a Gabriel Marcel, a Romano Guardini, a Vladimir Solovief, a Landsberg, a León Bloy, a Paul Claudel, a Charles Pèguy, a Pierre Reverdy, a Henri Massis, a Gertrudis von le Fort, a Georges Bernanos, a Francis Jammes, a Francois Mauriac, a Giovanni Papini, a Gilbert K. Chesterton, a Hilaire Belloc, a Christopher Dawson, a Francis Thompson, a Conventry Patmore, a Charles Du Bos, a Menéndez y Pelayo, a Maeztu, a D’Ors. Eran éstas nuestras estrellas fijas, pero en torno desbordaban los no estrictamente ortodoxos o netamente heterodoxos cuyo pensamiento se completaba en todo o en parte con aquellos y a los que también sentíamos más o menos nuestros. Así Unamuno, Ortega, Scheler, Guènon, Berdiaeff, Spengler, Pirenne, Huizinga, Barrés, Elliot, Maurras, Bainville, Thibaudet, Sombart.Todos llegamos a los Cursos desde distintas procedencias, quien venía de los modernistas españoles, quien de Nietzche o de Ortega, quien de la novela rusa, quien de los monárquicos franceses. Gradualmente también se fueron diferenciando nuestros caminos al tenor de nuestras vocaciones intelectuales o de la ausencia de ellas. Pero aquella común experiencia formativa marcó fecha en nuestras vidas”.
Chesterton ya era suficientemente conocido en la Argentina. A punto tal que Tomás Casares, uno de los más destacados pensadores de los Cursos, su lectura le había sido propuesta en otro ámbito intelectual por Alejandro Korn, profesor de filosofía de importante labor, pero ajeno al movimiento católico que significaban los Cursos. Pero la lectura, la obra, la figura, la personalidad de Chesterton impregnó el espíritu y la imaginación de los asistentes de los Cursos, influyendo decisivamente en su formación y en la posterior irradiación de su obra. Por otra parte, no debe olvidarse mencionar que Chesterton colaboró con dos artículos en aquel Criterio de la primera época, revista originada en los Cursos, allá por 1928. Al morir Chesterton, se realizó en los Cursos un acto de homenaje, en 1936, cuya noticia apareció en La Nación de aquellos días. Hablaron Emiliano Mac Donagh, Mario Amadeo e Ignacio B.Anzoátegui. También en esa oportunidad, el Padre Leonardo Castellani celebró una misa por su alma.
Mac Donagh, el primero de los que habló, se refirió a Chesterton Apologista. Este destacado científico tradujo las colaboraciones de Chesterton en Criterio.Y, según evoca el Padre Castellani, fue uno los que presentaron a Chesterton en los Cursos. Mac Donagh dijo en esa ocasión: Chesterton ha pintado repetidamente el personaje que sale a descubrir un nuevo mundo, a fundar una nueva religión y descubre que la extraña casa que vislumbraba como meta final de su camino era su propia hogar y que la nueva verdad que vino a descubrir era la vieja verdad en la que creía antes de salir y que no le fuera enseñada. Afirmaba Mac Donagh que Chesterton extendió su labor de apologista hacia la lucha por el reinado de una justicia social más efectiva. “La batalla que ahora se libra en en mundo, no puede ser ya jamás la de los cómodos filósofos, fanáticos y artistas de principios del siglo. En Inglaterra, la joven generación de escritores será de “anárquicos”, pero no más de “anarquistas”. A ellos y al bolchevismo Chesterton jamás podrá perdonarles que disminuyan al hombre; pues ellos tienen desconfianza del hombre. Le niegan una esposa, un hijo, un pedazo de tierra, porque esas cosas dan fuerza. Y, como la Iglesia exige que se le den al hombre esas fuentes de fortaleza, se habla del peligro de la Iglesia.”
Al homenaje se sumó Ignacio B. Anzoátegui, brillante poeta y ensayista, refiriéndose a Chesterton como novelista: Chesterton era un amigo de Dios que le daba muy poco trabajo: una especie de administrador de Dios, encargado de repartir la verdad entre los hombres. Es el gordo de las plazas que les dice piropos a las nodrizas y se pone la cofia de las nodrizas para divertir a los niños; el gordo que tiene la edad de las plazas y de los monumentos, el gordo de los sacos increíbles, con los bolsillos llenos de papeles y de miguitas de pan. Chesterton es el novelista de un mundo en ruinas, que comunica al mundo que de las ruinas puede sacar una rosa agradable a Dios. No es el hombre que atruena el espacio con sus amenazas de muerte a cargo de la espada divina, ni es el imbécil que afirma que todo está bien en el mejor de los mundos. Es el hombre honrado que recibe al mundo tal como es y sueña con un mundo como debiera ser; el hombre que se burla del mundo para despertarle las ganas de ser el reino de Dios. El arte de escribir novelas es el arte de imitar a Dios; el arte de imitar su buen humor y sus ocurrencias de espíritu todopoderoso, su seriedad terrible y su terrible alegría.
Pero, a mi juicio, quien expresó con más acierto los sentimientos despertados por Chesterton en aquella generación fue Miguel Angel Etcheverrigaray, gran poeta, quien supo concentrar la personalidad y el espíritu de nuestro escritor en un poema que juzgo insuperable: “Parábola de un Cruzado” Tan vasto y omnicomprensivo es el poema de Etcheverrigaray que se puede hacer una glosa a manera de contrapunto entre algunos de sus versos que, desgraciadamente, no de todos, con párrafos de Chesterton o a él referidos de manera de poderse obtener un Chesterton glosado y comentado verdaderamente sugerente siempre, desopilante de a ratos. En el poema y en la glosa que intentaré desfilan los temas más importantes que vertebran la obra de Gilbert K. Chesterton los hombres de su tierra, su alegría, la ciencia, la verdad, la razón, la infancia como temas permanentes. No me queda más remedio que apelar al poema, a ver si me dan la razón:
PARABOLA DE UN CRUZADO
Este es el cuento de un Cruzado que se cruzó a Jerusalén,
Porque los hombres en su tierra morían mal y vivían bien
Estos pareados iniciales, ya constituyen materia de un comentario. A qué clase de gentes se refería Chesterton “que morían mal y vivían bien”. Dejemos que el mismo nos lo diga. En “El Regreso de Don Quijote”, nos describe a Julian Archer: “Julian Archer era uno de esos hombres que parecen estar en muchas partes al mismo tiempo y que parecen que son muy importantes por alguna razón difícil de especificar. No era un tonto ni un estafador, salía con crédito y moderación de las varias pruebas y responsabilidades por las que se veía obligado a pasar... Era partidario de disfrutar poco de la carne y de la inmortalidad personal. Pero sus opiniones templadas las proclamaba alta y positivamente con esa profunda y resonante voz que ahora retumbaba por los pasillos. Era una de esas personas que pueden soportar el silencio que se hace después de una plática. Su voz le precedía por todas partes, como lo hacían su reputación y su fotografía en los periódicos de sociedad... Esta era una de las cualidades que habían preparado tan especial y supremamente a Julian Archer para ser un hombre público. Podía acalorarse súbita y sinceramente con cualquier tema, mientras éste fuera el tema del momento en las informaciones de los periódicos... Eso es lo que hace a un hombre público: el poder de excitarse al mismo tiempo que la prensa.”
Y también se refiere a esta clase de gente en “El Napoleón de Notting Hill”: El Honorable James Barker, uno de los más poderosos funcionarios del gobierno inglés (y entonces rígidamente oficial), era un joven delgado y elegante, de una bella fisonomía siempre inexpresiva y unos ojos azules de fría mirada. Tenía una gran capacidad intelectual, de ese tipo especial que lleva a un hombre de trono en trono y que sin haber iluminado ni divertido la mente de ser alguno, hace que al morir le cubran de honores. Wilfrid Lambert, dueño de una nariz que podía empobrecer el resto de su cara, también había contribuido con poca cosa al enriquecimiento del espíritu humano, pero tenía la buena disculpa de ser un tonto.
Y también aquello que nos cuenta en el episodio sobre los duques en “Alarmas y Digresiones”: Los duques ingleses que son apostrofados por el Duque de Chambertin Pommard, perteneciente a una familia francesa realmente aristocrática, cuyos miembros eran en su mayor parte ateos hasta la revolución francesa, pero que, después de ese desvastador acontecimiento, se habían vuelto devotos: “Habéis engañado a Inglaterra durante cuatrocientos años. Por vuestros propios intereses, no habéis hecho la vida en el campo más aceptable a los hombres. Por vuestros propios intereses, habéis ayudado a la victoria de la vulgaridad y el humo. Y por vuestros propios intereses, sois como la mano y el guante con esos aventureros traficantes del dinero, con los cuales los caballeros no deben tener más trato que el de evitarlos. Yo no sé lo que vuestro pueblo os hará; pero mi pueblo os mataría”.
Y así, pensando y meditando, con su gordura muy en calma,
Halló un día el Reino de Dios metido adentro de su alma.
Del alma suya y de los otros, porque este audaz reino cristiano
es comunista entre las almas, el hermano con el hermano.
Este Cruzado era un Cruzado chapado a lo contemporáneo,
y en lugar de pesado yelmo usó melena sobre el cráneo.
Como era gordo (ya se sabe) le incomodaba la armadura,
y resolvió luchar sin ella dejando suelta su gordura.
Trocó la lanza, que es estorbo, por pluma en ristre y tinta en pluma,
Pues se acordaba de otro gordo que a pluma de ave hizo la Suma.
¡Qué bien viene aquí, aquel cuento de Anzoátegui llamado “De la obesidad como forma de gobierno”, de innegable inspiración chestorniana!: “Una ciudad de hombres flacos es una ciudad de sombras. Un país de hombres flacos es un país triste... El mundo necesita de los gordos para salvarse. Necesita del aplomo y de la ligereza, que es patrimonio exclusivo de los gordos. No del aplomo vano de los flacos, sino de esa seguridad que nos hace arraigados en la tierra...No se concibe un gordo sin prestigio...El prestigio de los gordos puede fundarse en una prenda moral o en una habilidad mundana, en su honestidad o en su dominio de las trampas del póquer... Un gordo es una fuerza de la naturaleza; su ira es cósmica, lo mismo que su alegría. Un gordo enojado es el cielo enojado, es la tempestad de las óperas de gran abono, es la onomatopeya de la ira. Ellos (los reyes gordos) atenderían los negocios públicos con una solicitud de gordos en audiencias públicas y jubilosas.”
Todo era incrédulo a su lado, todos creían en la ciencia
y él dijo a todos que la Ciencia a veces es mera apariencia.
Todos creían a su lado en el primate antepasado,
y él dijo a todos que los monos son costillas de otro costado.
Y, si los otros respondían con alusiones prehistóricas,
El contestaba que la Ciencia no da razones metafóricas.
y así pensando y meditando, nos liberó del animal.
Porque el hombre, querido hermano, es un milagro celestial.
¿Acaso Dios es poca cosa, rey sin gobierno, un pobre idiota?
¿acaso el hombre es u a encina que germinó de una bellota?
¿Acaso el mundo no es hermoso, no es la belleza del milagro?
¿Acaso el alma no es inmensa aún habitando cuerpo magro?)
Estos temas están inmejorablemente tratados en “El Hombre Eterno” “La ventaja del aviador es que hace tantas falsas salidas como le venga en gana; la desgracia del profesor de prehistoria es que no tiene derecho más que a una salida única, verdadera o falsa. Todo esto explica, pero no justifica, el estado de precipitación audaz y temerosa a la vez que se apodera de ciertos teóricos y los induce a hipótesis arriesgadas, hasta el punto de dar en la región de la pura fantasía. Se habla genéricamente de la paciencia científica. De la impaciencia, habría que decir. El más empírico de los antropólogos está en las mismas condiciones que el más prudente de los arqueólogos: le es preciso asirse a un harapo del pasado, sin la esperanza de verlo aumentar nunca entre sus manos. Empuña su porción de descubrimiento con la feroz energía con que el hombre de las cavernas empuñaba su pedazo de sílex y por razones idénticas. Es su solo patrimonio, su único útil y su arma única; arma que manejará con una especie de fanatismo desesperado, al cual no nos tienen acostumbrados los sabios del laboratorio. Estoy seguro de que más de un profesor superaría a más de un perro en el arte de enseñar los dientes defendiendo su hueso.
Contemplemos su obra. Ante la dificultad de criar un mono y verlo transformarse en ser humano, nuestro hombre, exhibirá su pequeña esquirla o su minúscula colección de huesos y deduce, para maravillar a las multitudes toda una serie de revelaciones sorprendentes. Así, por ejemplo, en Java se encontraron restos de un cráneo que debía de ser más estrecho que el nuestro...Un poco más lejos, un fémur y, dispersos por los alrededores, algunos dientes que no eran humanos. Si el todo proviene de un mismo individuo, lo que está por averiguarse, la idea que podemos hacernos de dicho individuo es no menos incierta. Sin embargo, todo esto bastó a la ciencia popular para fabricar un personaje completo, hasta complejo, terminado de pies a cabeza, sin que carezca de los más mínimos detalles y recibió un nombre propio, como todo personaje histórico que se respete. El público habló de Pitecántropo como de Richelieu, Fox o Napoleón. Las enciclopedias ilustradas publicaron su efigie, entre Pisístrato y Pitt, y nosotros tenemos de él un excelente dibujo, de un realismo minucioso, que no puede uno dudar que le fueron contados, uno por uno, hasta los cabellos ¿Quién sospecharía al ver esos rasgos fisonómicos, poderosamente acentuados, que son el retrato de un fémur o de un pedazo de bóveda craneana y de un puñado de dientes”?
Mas, como el hombre hizo del mundo un lastimoso cementerio,
Enseñó que el peor pecado es tomar la Razón en serio.
Razón que sirve siendo sierva y sino provoca la guerra.
Por lo cual conviene humillada y hacer que viva cuerpo a tierra.
Que, así, tendida en mansedumbre aprenderá a mirar supina
El alto azul, el ancho cielo, patria a la cual se le destina.
Estos versos hallan plena justificación en Ortodoxia:
“La fantasía nunca arrastra a la locura; lo que arrastra a la locura es simplemente la razón. Los poetas no se vuelven locos, pero sí los jugadores de ajedrez. Los matemáticos enloquecen, lo mismo que los tenedores de libros; pero en muy raro que enloquezcan los artistas creadores”. “El poeta no pide más que tocar el cielo con su frente. Pero el lógico se empeña en meterse el cielo en la cabeza, hasta que la cabeza le estalla”. “Un loco es un hombre que lo ha perdido todo menos la razón...Su enfermedad es una simple carencia: la carencia de la natural complejidad del hombre sano.”
...los pensadores modernos poseen una razón superdesarrollada y un sentido común muy limitado. Apenas reparan en las pequeñas realidades de la tierra, como pueden ser el orgullo de las madres o el primer amor de los jóvenes. Ellos viven por encima de esas minucias, en el país de las palabras abstractas y polivalentes. Es el caso, por ejemplo, del materialista, una especie de loco que niega la evidencia por falta de sentido común y que se empeña en encerrar el espíritu en una pequeña materia comprensible. O del determinista, otro loco que niega la libertad en nombre del razonamiento y que es incapaz de creer en su propio sistema, puesto que si lo hiciese, no podría alabar, maldecir, exigir, injuriar, perdonar... y ni siquiera dar las gracias en la mesa cuando alguien le acercase la sal o la pimienta.
Solo el misticismo es capaz de volver a los hombres sanos de espíritu. Si se destruye el misterio se crea una situación enfermiza. El hombre corriente verdadero y no sólo de lo lógico, y cuando choca con dos verdades aparentemente contradictorias se queda con las dos verdades y con la contradicción. Sabe que el mundo tiene sus leyes y que esto es la ciencia, pero sabe también que esas leyes pueden alterarse y que cuando eso sucede se produce el milagro.
No se trata de atacar la razón sino de defenderla, porque va camino de destruirse a sí misma, ya que el determinismo, el materialismo, el pragmatismo y la suprema creencia en uno mismo no son más que otras tantas formas de suicidio. La razón se destruye si acepta ordenar palabras sin sentido que no se corresponden con realidades, si niega lo real y se revuelve contra la tradición y contra el sólido universo de las casas y de las iglesias... El pensamiento solitario y desconectado de la realidad, acaba en pura demencia.
Gran amador de la Verdad, libró por ella mil batallas.
y hasta locuras y piruetas utilizaba de metrallas.
Por su ortodoxia verdadera, por su Ortodoxia y lo demás,
luchó con Wilde, con Wells, con Bernard, con Anatole y Satanás.
Este era el mundo intelectual en que combatía Chesterton. Así lo describe Luis Ignacio Seco:
En Herejes hay reflexión profunda, humor fino, riqueza de matices y de idioma, dialéctica malabar y lógica desconcertante. Hay familiaridad con numerosos autores de todas las épocas; con Milton y Maupassant, con Eurípides y Nietzsche, con Dante y Zola, con Ibsen y Omar Khayyam, con Shakespeare y con Renan, con San Agustín y con Yeatts, con Víctor Hugo y Shelley...Hay facilidad pasmosa para enlazar lo más dispar, para meter en el mismo saco al Ejército de Salvación, al positivismo de Comte, la prensa amarilla y a los economistas de la Escuela de Manchester. Pero hay sobre todo coraje para rebelarse contra las convenciones, las ideas y los autores de la “era eduardiana”, una cultura que se haría vieja como el heredero de la corona, esperando la sucesión al victorianismo.
Chesterton viene a plantear muy seriamente que no está dispuesto a dar por bueno ningún salto al vacío, ninguna superchería, ninguna opinión importante que no tenga detrás una filosofía, una concepción global del universo, una religión. Ni la rutina social ni los cambios de costumbre son para él motivos de credibilidad suficiente. Vamos a jugar todos, viene a decir, pero con la inteligencia en acción para que la “novedad”, muy discutible en muchos casos no se convierta en el único argumento de autoridad.
Es así como deja a la intemperie intelectual al subjetivismo ético de George Moore y al neopaganismo estético de Swimburne, Walter Pater y Lowes Dickinson; como acusa a Oscar Wilde y a Whistler de tratar de imponer su conducta, ya que no su arte; como ridiculiza a los nuevos novelistas, empeñados en presentar como paradigmas británicos supuestos aristócratas fríos, ingeniosos y distantes que ni son caballeros ni son ingleses. Con toda amabilidad hacia quienes critica, no deja de decir lo que piensa. A Bernard Shaw le reprocha que ofrezca excelentes comedias sin advertir honradamente que está predicando en ellas el socialismo, y que su “superhombre” significa en realidad la negación del hombre. A Rudyard Kipling, que con su maestría para el relato y la poesía tampoco diga a las claras que lo que “vende” es imperialismo y superioridad del “homo britannicus”. A Wells, que, después de matar medio en broma al universo entero, venga ahora a inventar en serio un mundo falso para pasado mañana.
Por la Verdad nació poeta (por la Verdad y la Belleza)
Y, como no era antialcoholista, bebió en verdad vino y cerveza.
En la biografía que escribe sobre Dickens, Chesterton se explaya al respecto, exaltando los valores del vino como prueba y gaje de la amistad: “El Espíritu que él celebra es, en el fondo, el de dos amigos que pasan la noche hablando y bebiendo, pero para él se trata de dos amigos eternos que charlotean durante una noche sin fin y escancian su vino de una botella inagotable”.
Este Cruzado era un cruzado enternecido de su infancia
No por razón sentimental, sino por lógica importancia,
Porque la infancia es el Edén, paraíso del hombre-vida
Al cual habremos de volver si somos niños en la vida
Así lo entiende Chesterton en su Autobiografía: El número 999 en el extenso catálogo de los libros que nunca he escrito (todos ellos muchos más brillantes y convincentes que los libros que he escrito) es la historia del hombre de negocios que parecía tener un misterio en su vida y que al fin fue descubierto, fortuitamente, por el detective, jugando todavía con muñecos o soldaditos de plomo o algún otro juego infantil por el estilo...Siento que tengamos que malgastar en cosas frívolas como son las conferencias y la literatura, o las reuniones de negocios o los pleitos, añadiría yo, el tiempo que hubiéramos podido dedicar a un trabajo serio, sólido y constructivo como es el de recortar figuras de cartón pegando encima oropeles.
Agrega Chesterton: Me siento inclinado a negar ese culto moderno del niño jugando...La peor herejía de esta escuela es de que al niño solo le ocupa la ficción...el niño auténtico no confunde el hecho y la ficción. Actúa la ficción...pero no permite nunca que se nuble por ella su equilibrio moral. Para él no existen dos cosas más contradictorias que el jugar a los ladrones o el hurtar dulces. Por mucho que jugase a los ladrones nunca llegaría a creer, en lo más mínimo, que robar está bien...
Prosigue el poeta en versos que no puedo omitir, pero en los que está cifrada la conversión de Chesterton:
(Esto será si bien morimos, pues lo promete el Hombre-Dios,
y no olvidemos que hay un pacto firmado a sangre entre-los dos,
Esto será con buenas obras, contemplación y Dios mediante,
(Con San Cristóbal el gigante y con la Virgen adelante)
Y, como era un niño bueno, amó a María y a la Iglesia,
Pese a la amnesia protestante que es, sin duda, letal amnesia.
Por ese amor se hizo juglar, versos, dibujos y piruetas;
Cosas de niños y de locos y aun de sabios y de poetas,
Por ese amor hacía bromas divirtiendo a los nueve coros,
Este San Agustín con pipa como dijo Mario Mendióroz,
Acá por fin, correspondería una nueva glosa a cargo de Mario Mendióroz, citado en el verso y uno de los más activos asistentes a los cursos: Tenía esa especie de desproporción que él amaba encontrar en la arquitectura gótica; nos dejó ese recuerdo agridulce y misterioso de nuestra infancia, que él como nadie con los cuentos de hadas; nos enseñó a ver el mundo con ojos nuev os y a esperar como un milagro la cotidiana salida del sol y la increíble transformación de la flor en fruto; se divertía para adoctrinarnos con sus cuentos policíaco-teológicos y le complacía esconder lo sublime con chistes y aventuras, como en aquel grandioso final del “Hombre que fue Jueves” que encierra una como parábola gigantesca sobre el sufrimiento de Dios; esa especie de antinomia o como en aquellos otros increíbles finales del “Napoleón en Notting Hill” o de “La Esfera y la Cruz”, en los que se sienten ráfagas del fin del mundo y del juicio final.
Por fin, el fin del poema:
Por este amor vivió sonriendo (Old Merry England de su amor)
Por ese amor murió sonriendo, por ese amor, ¡por ese amor¡
Así pensando y meditando, esta parábola sería
Una parábola que abarca del primero al último día.
Porque parábola cruzada de un Cruzado como fue éste
Abarca el mundo (esfera y cruz) revestido de azul celeste.
Porque parábola de amigo que amó al amigo y enemigo
Es semejante a la Parábola que nos narrara el Gran Amigo
El Gran Amigo que a la tierra nos trajo un día el sumo bien,
El Gran Amigo del cruzado que conquistó Jerusalén.
Sé que con La Parábola de un Cruzado, poco habría que agregar por ejemplo que Cosme Becar Varela, a través de la colección La Espiga de Oro, publicó Hombrevida Lo que es, traducida por Ernesto Palacio y El mundo al revés, traducida por Mario Amadeo. Que, al presentar esta colección, se evocó el tradicional verso de amistad repetido por generaciones de ingleses y que, en el singular caso de la amistad chestertorniana, repetía, incansable Hilaire Belloc. Y que reproduzco aquí en su traducción castellana: “desde los días tranquilos del hogar y los primeros pasos, hasta el final aún no descubierto, nada hay que valga la pena de ser buscado, fuera del reírse y el amor de los amigos”. “La alegría de vivir los unía, como había de unirlos una misma fe”.
Mario Amadeo, destacado político y diplomático, en el prólogo del libro El Mundo al Revés, puntualizaría con gran precisión algunos de los aspectos introducidos por Chesterton en su libro: Inglaterra constituye un fenómeno único entre las naciones civilizadas de Occidente. Partícipe de la cultura grecolatina, no le llegó ésta bastante a tiempo para que pudiera sobrevivir a la crisis política provocada por la caída del Imperio. Romanizada una vez más por la conquista normanda, la Reforma y su aislamiento insular la segregaron del continente. La revolución francesa, a la que fue totalmente ajena, acentuó los rasgos diferenciales que la separaban de sus pares europeos. Su expansión imperialista amplió el campo de su dominación y la conciencia de su autonomía espiritual. Romana y sajona, medioeval y protestante, capitalista y aristocrática, liberal y señora de pueblos, Inglaterra sólo es fiel a sí misma y a su propia imagen, en la que involucra la imagen que se tiene formada del mundo y del hombre.
Chesterton –también él un inglés de pura cepa – no podía dejar de registrar en su obra esa intransferible originalidad. Pero no la manifiesta sólo cuando habla de la patria ideal, de la “merry old England” de Chaucer y de Cobbett, sino que también la advierte cuando vitupera con ardiente acento a la otra Inglaterra, la mercantil y protestante de Cecil y de Peel...Para Chesterton la democracia es fundamentalmente una actitud ante la vida, una norma individual y colectiva de conducta. Se trata de una postura eminentemente moral, no política. Así, es democracia valorar por encima de las cosas que son propias de pocos, aquellas que son comunes a casi todos, es adoptar una tabla vital de valores en que lo popular prive sobre lo restringido, en que el pobre merezca más simpatía que el rico, en que el hombre universal tenga primacía sobre la tiránica dominación del especialista, en que las viejas tradiciones del pueblo merezcan más respeto que las pasajeras novelerías de los snobs.
Finalmente añadiré que la evocación de Chesterton figura de manera destacada en la extensa obra de crítica literaria de Julio Irazusta y de Leonardo Castellani. Que nuestro gran poeta Francisco Luis Bernárdez tradujo varios de sus versos. Y que Borges tradujo para Sol y Luna, otra de las revistas originadas en los Cursos, el poema Lepanto. Puede decirse, para terminar, que, desde estas lejanas playas, un grupo de argentinos, reunidos en los Cursos de Cultura Católica para buscar los fundamentos de su fe, respondió con alegría al llamado del gran escritor. Lo constituyó en una fuente permanente de estímulo para su perseverancia y su inspiración. Y nos transmitió ese legado que hemos de tratar de conservar.
THE CHESTERTON REVIEW EN ESPAÑOL - VOL. 1 NRO. 1 - 2007
Primera Conferencia Internacional Iberoamericana
Actualidad de Chesterton en la crisis de nuestra cultura
Del 21 al 24 de Septiembre de 2005
Buenos Aires, Argentina
LA REVISTA DEL INSTITUTO G.K. CHESTERTON
PARA LA FE Y LA CULTURA
SETON HALL UNIVERSITY

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